hey, que bacano esto que me encontre en una pagina de hinchas del DIM
45 minutos de felicidad
Esta historia es sobre Sebastián. Él, es un personaje muy tierno que en alguna medida hará que te identifiques con su persona. Es un hincha más de Independiente Medellín. Un enfermo por la institución, una personita que sufre por el Poderoso y vive por el.
Él tiene 11 años solamente, y desde que tiene uso de razón no se perdió ningún partido de local.
Hasta acá, la historia no tiene mucho de especial y la mayoría pensara, «Que bien el padre lo lleva desde chiquito como a tantos más».
Pero no, Sebastián no tiene papá, no sabemos que es de su vida, solo que no lo conoce.
Él se hizo de Independiente Medellín solito. A sus cortos 7 años empezó a trabajar vendiendo alfileres y ganchos de ropa en la estación Estadio del metro para ayudar a su mamá con el sustento de sus dos hermanos menores. Con el asunto de la escuela, solo trabajaba los fines de semana, y fue ahí que la estación Estadio y sus alrededores comenzaron a ser su segundo hogar.
Un día, durante una jornada futbolera, se le ocurrió seguir a la gran masa de gente que se bajaba del metro. Él sabía que eran hinchas, pero su corta edad no le permitía saber lo que era un estadio y la curiosidad lo «mataba».
Solo por curioso fue que llegó al Atanasio Girardot, sus ojitos brillaban y no controlaba su sonrisa de oreja a oreja.
El clima era fascinante, gente por todos lados, familias, niños, adultos, abuelos. Sorprendido, se perdió entre la multitud. Alucinado, se sentía uno más. Nadie lo miraba con la lástima que solían tenerle cuando vendía en la estación. Los chicos lo saludaban, la gente se reía con él, era como un gran sueño. Los minutos pasaban y corría por todo el estadio.
Hasta que el horario del partido se acercó y la gente comenzó a «desaparecer». Claro, estaban entrando a estadio, ¿Y él?, ¿Cómo haría para seguirlos si era menor de edad y no tenía un peso?
Partido tras partido, se escabullía entre la gente. Inventaba historias nuevas, se hacia el perdido, el que sus padres estaban dentro y el fuera, el que había ido al baño y se había perdido hasta salir. Y millones de cosas que se le iban ocurriendo con tal de entrar a la cancha.
Sebastián, durante el partido era otra persona. No paraba de sonreír. Jugaba mini picados en el entretiempo, corría los globos alargados, alguna que otra vez le convidaban con algo, era completamente feliz.
Pero toda historia tiene su «nudo» o «conflicto» y esta no es la excepción. Un día en la puerta de ingreso, comenzaron a darse cuenta de que las cosas «no cuadraban». Y fue precisamente, en aquel 04 de Octubre de 2009, que frente a Junior de Barranquilla, a Sebastián no lo dejaron entrar.
Con un llanto incontrolable, suplicó pasar, les pedía por favor a los controladores de las puertas. Les prometía cosas, cosas que no tenía. La gente de seguridad le explicaba que era imposible. Que era menor, que estaba solo y no tenía ninguna boleta o pase que le permitiese entrar.
Pasaban los minutos y la insistencia de Sebastián no cesaba. Luego de una hora no se había movido del lugar, gritaba desde afuera, insultaba, alentaba y cantaba. Las personas de la puerta asombrados con su persistencia y conmovidos ante su devoción, le hicieron una propuesta: -«Esta bien pelao, le dijeron, entras en los últimos treinta minutos del segundo tiempo, ¡Pero para de llorar!».
Sebastián, feliz de la vida, entró en el partido como le habían prometido. Y a los pocos minutos de haber ingresado, con gol de Jackson Martínez, Independiente Medellín le ganaba a Junior de Barranquilla por 1 a 0.
Incontrolable felicidad la del niño, gritó el gol como si fuese el último.
El tiempo pasó y terminado el encuentro salió y agradeció a los que hicieron posible su ingreso, asimismo prometió volver. Pero antes de irse les quiso explicar porque tan desesperado había pedido ingresar a ver a Independiente Medellín, y les dijo: -«Cuando yo entro a la cancha a ver al Poderoso por los minutos que sean, me olvido de todo, no tengo frió, hambre, sueño, nada, soy feliz. Nada me importa, no tengo problemas, por eso señores soy del Rojo. Y necesito venir a verlo».
Las personas de las puertas de ingreso no podían creer lo que escuchaban, conmovidos hasta las lágrimas le prometieron a Sebastián que siempre que quisiera iba poder ingresar, que ellos lo acompañarían para que entre a ver los segundos tiempos de cada partido, y de esta manera, se olvidase de todo por 45 minutos.
Es así, que todos los partidos en que el DIM juega de local, Sebastián continua disfrutando los partidos fuera de la realidad. Al día de hoy, no se pierde ningún partido ya que ahora tiene la posibilidad de ir a donde sea y su felicidad se extiende aunque sea un poquito más.
Por eso, la historia de hoy es para aquellos que se sienten identificados y que muchos fines de semana tienen sus 90 minutos fuera de la realidad, sin pensar en otra cosa que en su amado Independiente Medellín.
(El nombre real del niño y la puerta de Ingreso han sido omitidos por solicitud expresa de ambas partes)
fuente: dalerojo.net